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Hacemos Noticias del Sur:

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Vivimos tiempos gelatinosos, tiempos difusos en sus sentidos y pertenencias. Cualquier nomenclatura parece anacrónica: “crisis del capitalismo”, “crisis posmoderna”, “crisis neoliberal”. Parece, aunque no lo sea. Justamente. Pero en este mundo de mass media virtual, ¿acaso el ser y el parecer son significados tan distintos? La certeza, al carecer de traducción epistemológica, parte entonces de sentir emocionalmente ese crujido histórico. Aunque no le podamos dar nombre, aunque no podamos acomodarlo en ninguna biblioteca, sentimos el fin de época. Cómo dijo elegantemente Rafael Correa, presidente de Ecuador, “no vivimos una época de cambios, sino un cambio de época”.


Desde Argentina y desde Latinoamérica sentimos ese crujido histórico, pero ya no a la manera en que sentimos otros cambios de época, otras crisis: Ya no como cuando llegó la modernidad, que nos sorprendió con la mirada atónita en el descenso de los barcos de esos dioses de metal que escupían fuego desde sus caballos, ni con la resignación con que aceptamos el lugar de exportadores de materias primas para la acumulación originaria del capitalismo industrial europeo en el siglo XIX, tampoco con las formas de violencia política con que buscamos librarnos del destino de patio trasero del expansionismo norteamericano en su siglo de oro, ni –finalmente- con la ingenuidad  con que abrimos nuestras fronteras para que los ladrillos del muro de Berlín rompieran el endeble tejado de estado benefactor y desarrollo nacional que algunos países de la región habían construido en la segunda mitad del siglo XX.


Por primera vez se nos dibuja en la mirada un distanciamiento emocional, una calma inquieta, una altivez sencilla. Creemos que tiene que ver con algunos saldos positivos, algunas enseñanzas históricas que ubican a la Latinoamérica en un afortunado lugar de experimentación social novedosa. En verdad ya hemos estado surcados esos caminos, pero la diferencia sustancial es que por primera vez somos nosotros mismos los docentes a cargo y no delegamos en la Cambridge, la Harvard o la Universidad de Salamanca la dirección del experimento.


Bosquejemos -a la manera de invitación apresurada- lo que podemos proponer desde este rincón del mundo en medio del cimbronazo mundial:


Creemos en la democracia. Estamos intentando salir del neoliberalismo con más y mejor democracia: ninguno de nuestros países ha optado por salidas reaccionarias, limitadoras de derechos civiles o políticos. A nuestras crisis económicas las hemos convertido en megáfonos de los excluidos y -desde allí- alimentamos opciones gubernamentales progresistas y populares.

Creemos en la integración. Como nunca antes América Latina avanzó en su integración política y económica. Aún falta todo, pero se inició un proceso de acercamiento, que esperamos la crisis profundice y no contraiga. Nuestra historia de mestizaje, de olas migratorias, de ciudadanía abierta, tal vez nos ayude para lograr una federación que vaya más allá de las necesidades del capital. Regular el ingreso de capitales y su circulación, liberar el ingreso de seres humanos y su circulación. Estamos a mitad del sueño y la realidad, esperamos lograr cruzar el río antes de que el agua nos llegue al cuello.


Creemos en la tierra. Tenemos en la región un despertar de las enseñanzas ancestrales de pueblos y comunidades que tuvieron y tienen una relación armónica con la naturaleza. El amazonas es un mito y una utopía a la vez: debemos adueñarnos de sus recursos para respetarlos y sabiamente lograr que sigan reproduciéndose. No debe ser una bandera de ecologistas de panzas llenas, más bien el eje simbólico desde el cual pensar nuestro desarrollo. Recursos naturales para dignificar a nuestros pueblos, que por eso mismo deben ser utilizados no con la lógica de la expoliación inmediatista, si no con la mesura de quien administra su propia fortuna.