Kosteki, Santillán, Bonefoi…
Como dirían los compañeros de UDP: “un día como hoy, pero ayer 26 de junio” se cumplieron 8 años del asesinato de Kosteki y Santillán. Dos militantes, dos civiles. K & S son la parábola de una generación militante, de un ciclo. Del ciclo que va del fin del menemismo y del de la duración de su experiencia supuestamente blanca: la Alianza. El ciclo de las carpas blancas, de las marchas federales, de los 24 de marzo y de los pins de “Aerolineas somos todos”. Ayer, 26, se cumplieron ocho años del asesinato de dos pibes, de dos militantes sociales (qué otra militancia posible, deseable, había por esos años si no era la social) ejecutada por una de las fuerzas de seguridad; la única que podría hacerlo después de la ley de seguridad interior de la democracia. K &S son la tragedia incorporada a esa avenida nacional maldita de los que murieron militando contra el neoliberalismo o contra lo que fuere; aquellos que murieron a manos de la policía bonaerense. K&S fueron, además del fin de dos vidas, el fin de un ciclo político: el que mata pierde. Duhalde terminó por eso, por más que a Chiche Duhalde, acá no le pareciera motivo suficiente. En la argentina, donde la Marina de guerra salió a la cancha bombardeando Plaza de Mayo, algo revalsó.
Había sido un día raro, como todo el 2002. A la noche, como todas esas noches, ver Después de Hora en donde se justificaban los hechos del puente porque K&S tenían una gomera(!); y? eso habilitaba al accionar de la PB? No. Hace unos días volvieron esos fantasmas. Más lejos, en Bariloche, y más distante del contexto político del 2002, de un movimeinto piquetero o del conurbano. Qué importa esa distancia, a los compañeros, más allá si hoy camináramos por veredas distintas, se los recuerda; y en el presente y por los tres pibes de Bariloche se pide lo mismo. El que mata tiene que perder.
