Cuando los Santos vienen marchando
En Colombia ganó Santos con casi un 70% en la segunda vuelta contra Mockus y no es novedad.
Acá hay un análisis interesante, con cinco razones para la victoria de Santos, y dos que me interesan especialmente: una lateral, la otra de fondo.
La primera razón de la victoria, lateral, sería la la construcción de la candidatura de Santos a través de la U, el partido creado para apoyar la reelección de Uribe, frente a la apuesta, casi inconsciente, de Mockus por la militancia a través de las redes sociales, que crearon una suerte de contagio a los grandes centros urbanos. Amén de la representación ideológica de cada uno de los candidatos, la victoria de Santos también es una advertencia a “la Ola virtual”. La sobrevaloración de la política 2.0, a raíz de los buenos resultados que obtuvo la herramienta en la campaña del presidente norteamericano Barack Obama, es el resultado de poner el carro por delante de los caballos: la política virtual le sirvió a Obama allí donde fue el complemento de una militancia territorial efectiva, y no donde la virtualidad se convirtió en el espacio de militancia por excelencia. Que fue, por cierto, lo que ocurrió con la campaña de Mockus, con los resultados del caso: Mockus sacó, en segunda vuelta, casi un 30%, en una elección que -ataques de la guerrilla, lluvia y Mundial mediante- tuvo un nivel de abstención del 58%. Mientras uno twitteaba y creaba en facebook al monstruo de Santos, el propio Santos construía una mayoría en el Congreso con los Conservadores y los Liberales. He ahí la gran diferencia: Mockus rechazó la construcción de una coalición con los apoyos organizados de Petro y el Polo, a favor de la construcción de una alianza “ciudadana”. Esto no va en desmedro de las nuevas tecnologías en política: sí va en desmedro de que con eso alcanza.

La razón de fondo es la política de seguridad democrática de Uribe. ¿Es casual que el candidato de Uribe sea su ministro de Defensa?, ¿es casual que gane Santos el día que hay trece muertos por ataques de la guerrilla?, ¿es casual que gane la continuidad de Uribe en la elección de un país que, con once militares y seis rebeldes muertos, es la elección más pacífica de su últimos treinta años? Bueno, evidentemente no. Cuando se hablaba de la nueva ola de gobiernos latinoamericanos, de los presidentes progresistas, en general se excluyó a Uribe. Y es cierto que no puede incluirse a Uribe en la ola de presidentes de centro-izquierda por razones ideológicas (aunque, como decía Luciano, Uribe no es neoliberal). Pero al mismo tiempo, hay un clivaje colombiano que no está presente casi en ningún otro país latinoamericano (al menos en ese grado) y que exige otro nivel de análisis: la disputa por el monopolio de la violencia. Latinoamérica tiene una historia compartida, raíces comunes, problemáticas similares, pero también particularidades de cada territorio. Latinoamericanismo no quiere decir suponer una Patria Grande por generación espontánea, negando que los doscientos años que compartimos de historia, que los doscientos años que nos hicieron estar más cerca, fueron doscientos años de historia de Estados Nacionales, no de unidad continental (no es un juicio de valor: es una descripción histórica. No es un hegelianismo, una teleología del Estado: digo que lo más cerca que Latinoamérica estuvo de Latinoamérica fueron estos últimos diez años. Con unidad de Estados Nacionales que conservaron amplías autonomías: una unidad que posiblemente haya que profundizar, pero que es principalmente estatal).
La particularidad colombiana exige otros conceptos, otras formas de acercamiento, reconocer otro clivaje: el de un país en el que una guerrilla no fue desactivada y disputa el monopolio de la violencia. Un país con secuestros políticos que duran años, con asesinatos y llamados a boicotear de manera violenta las elecciones. Se trata de un país que no puede disputar electoralmente sin el fantasma de esa cotidianeidad violenta. El error de Mockus está en el de subvaluar la garantía -por veces endeble, por veces plagadas de excesos y violaciones a los DDHH- de cierta estabilidad, de suponer que la corrupción -sin desmerecer la cuestión de la corrupción- puede interpelar una población que ve todos los días disputarse la vida y la muerte como una cuestión de política nacional. Cuando la cuestión pasa por ahí, es ineficaz políticamente plantear el vandorismo: cuando de lo que se trata es de garantizar el orden en el más rústico y material de los sentidos, el progresismo no puede levantar la consigna del uribismo sin Uribe. Mockus no fue capaz de jugar el juego del uribismo: no pudo prometer que iba a mejorar el rumbo sin perder el rumbo que la sociedad había confiado en Uribe.
Los sectores populares de Colombia votaron por la continuidad, y el retiro de Uribe será con un 70% de popularidad. Esto no habla del conservadorismo per se de los sectores populares, como tampoco infiere, de ahí, del caracter revolucionario de los sectores medios esclarecidamente progresistas. En verdad, lo que supone es que un proceso electoral -con 50% de abstención, hay que decirlo- se define por la capacidad de garantizar o de ir hacia un determinado sentimiento de estabilidad. ¿Es eso necesariamente conservador?, ¿es conservador, “de derechas”, pretender el combate de la irracionalidad de las FARC?
Cuando los sectores populares quieren ir a quemar una comisaría, porque el Estado los mata, no está planteando la revolución. Reclaman por la garantía de un orden, del cual la seguridad, en todos sus sentidos, es uno de los principales aspectos. Si en Argentina no nos alcanza con la idea de que es hora de pensar la seguridad porque hay que terminar con los pibes muertos por gatillo fácil, entonces tal vez el resultado de Colombia sirva para pensar que la seguridad no es un problema “de las clases medias”, “una sensación” instalada desde los medios, sino que incluso tiene efectos electorales más o menos concretos en los sectores que tantas veces queremos interpelar. Porque si no lo hacemos nosotros, lo hacen los Santos. Hasta ahora creamos las condiciones para que eso pase: con una política de seguridad que implica el auto-gobierno de la Policía Federal más las imposibilidades progresistas para abordar la problemática, el día que desde nuestra derecha salga un Uribe, alguien con un verdadero plan de seguridad, la sucesión va a ser interminable. Hasta ahora, la oportunidad de realizar alguna transformación en ese sentido, el kirchnerismo la viene desperdiciando: que el tema no la haya capitalizado nadie en profundidad no es una buena noticia, porque tampoco lo obliga a planteárselo. Y las falencias propias en ese sentido, comienzan a notarse mucho. Los Santos vienen marchando y será cuestión de tiempo para que alguna vez lleguen.

Hace unas semanas, cuando la primera vuelta, decíamos algo parecido acá: http://soplaryhacerbotellas.wordpress.com/2010/06/07/no-hay-plan-b-colombia/
Dos puntos que me gustaría marcar sobre lo que decís. El primero tiene que ver con cómo se entiende a Uribe en el contexto de la región. Si lo ponemos como el rara avis, es que entendemos que el reclamo social post crisis del neoliberalismo fue “centroizquierda”. Ahí me parece que gana tu descripción de Uribe como el que tiene un contexto particularísimo que ningún país de la región tiene y que ningún gobierno de la región supo entender como para ofrecer salidas reales que fueran realmente un condicionante para Uribe. Nadie le dijo, “entiendo tu caso particular, Álvaro, pero la verdad es que hay soluciones mejores y más efectivas para tu problema de inseguridad y son éstas”. Y no debe haber pasado porque nadie tiene ese mismo contexto. Y si entendemos que el reclamo fue en realidad, por más estado, entonces se hace más claro el asunto. El tipo asume ese reclamo y hace llegar el estado a muchas partes de Colombia donde no había, pero bajo la forma de seguridad. Ahí es donde el tipo recoge el guante del Estado con la mano derecha.
Lo segundo es la cuestión que señalás sobre el contexto argentino. Ni por asomo es el contexto colombiano. Lejísimos estamos de eso. Ahora, es verdad lo que planteás respecto de que si hay alguien en Argentina que puede plantear un esquema de seguridad diferente a echarle mano a las recetas de la derecha como si ese fuera un límite epistemológico para el progresismo, la cosa se puede complicar si un día aparece un barrilete con un plan. Ahora, qué lejos parece la derecha argentina de fabricar un Uribe, pero que cerca parecen ciertos electorados argentinos de conformarse con cualquier cosa, aunque no sea Uribe. Macri, De Narváez, por ejemplo.
Saludos y perdón por la extensión.
Una joya este artículo, neneeeee!!!
Un Abrazo
Es muy bueno este. No son extrapolables las situaciones a lo que pasa en otros países, pero buenísimo.
Abrazo
Entre que escribiste esto y ahora hubo una marcha en Bariloche a favor de la policía y por el no traslado de la comisaria.
Cuando el Estado tiene confusión en las políticas de un área tan sensible como la “seguridad” y la cosa se pone espesa pueden pasar mucha cosas.
Una que aparezca un Uribe (en el mejor de los casos) o un De Narveaz (que tiene un plan (?))
Y la otra que pasen cosas como en Villegas o Bariloche (y en otros cientos de barrios) y se empiece a autogestionar la seguridad (con o sin la policía)
Y la verdad yo no se que es peor.
Al “progresismo” le cuesta pensar la seguridad, pero es hora de hacerlo, por que como decís vos si no lo hacemos nosotros lo hacen otros. Y a llorar a la iglesia.
Que quede claro, como bien dice el Escriba, que las situaciones no son extrapolables. Sí que unas ayudan a pensar a otras. Pero no extrapolables, claro.
Mirá si ese será el clivaje que Colombia es el país de sudamérica con más altos índices de desempleo -alrededor de un 14%- y ese tema ni figuró en la agenda de campaña de ninguno de los dos candidatos.
El último párrafo una joyita.
Abrazo
El liderazgo de Uribe, es centralmente un tema de estudio. Al margen de las fáciles denominaciones (neoliberal, terrorista, neopopulista, etc) Uribe representa la lucha interna colombiana en su máxima expresión. Si uno analiza los conflictos colombianos de las últimas décadas, llegará la conclusión (y el post es claro al respecto) que la demanda de mayor seguridad, rutas transitable y un mínino de reglas claras es el pedido más importante de las clases medias y populares colombianas. Por lo tanto, uno tiene que analizar a Uribe en ese contexto particular de guerrilla, narcotraficantes, Auc, Paramilitares, estados regionales sin reglas (las zonas marrones de O Donnell) la performance de este tipo. Y la verdad, la evidencia que tenemos es nítida al respecto: desmovilización (camuflada y con índice grandes de impunidad amén de la extraditaciones) de paramilitares, golpes durisimos a la guerrilla (Rios y Reyes principalmente a nivel comandancia) en lo que hace a unidad, territorio y cantidad de guerrilleros, logró liberar rutas otrora transitables y tuvo una bonanza económica que le permitió mostrar hacia afuera su modalidad de gestionar lo público desde la autodenominada “seguridad democrática”. El resto muy lamnetable especialemnte lo social y sanitario.
Hasta coincido con tu post, ahora mostrar los errores de Mockus, es mirar el vaso medio lleno. En febrero de este año el candidato verde media 2% en las encuestas y lejos quedaba su alcaldía bogotense y su bajada de pantalón en la universidad. Por lo que toda esa remontada que lo llevó finalmente al 30% en 2da vuelta es muy valorable. Y justamente su movida virtual fue la principal protagonista. Es decir, pensemos desde donde venía Mockus y por ahi entender que por ahi el ballotage le quedaba chico. Con ello no digo que es a través de la red que se ganan elecciones, pero sí que se pueden lograr resultados interesante para partidos chicos como el Verde. Ahora sí coincido que para ganar elecciones de verdad, se deben jugar con todas las tácticas, incluida esta última.
Saludos
Espectacular Tomás, gran artículo.
Da la casualidad (si es que existen y todo eso) de que estoy por unos días en Colombia. Por más que intento absorber, no estoy pudiendo entrarle mucho a este bicho raro, y estar unos pocos días no ayuda. Dicho lo cual tiro a modo de impresión ligera: para entender las posibilidades del uribismo, de la supervivencia de una oligarquía que te la regalo, de una guerra en la selva por 50 años, etc, hay que meter muy medularmente el tema del narcotráfico. Pero no tanto (no sólo) por el tema de la violencia, la injerencia política, y demás logros de los narcos, sino fundamentalmente porque la producción cocaína es un aceite que lubrica acá y allá, da sustento a los pobres y les organiza la economía a los ricos, permite cierto “regionalismo” económico, funca como política contra cíclica cuando el café y la mar en coche se caen o no alcanzan, etc. Colombia tiene petróleo blanco, digamos. Cierta confidencialidad laboral me impide ahondar en detalles de cómo, cuando y dónde vi el ejemplo vivo, pero digamos que la noción de “lavado de dinero”, alcanza acá proporciones mayúsculas, inocultables, desvergonzadas y que, sobre todo, hace a la rueda andar y andar. En ese sentido, el uribismo es una forma política de organizar este quilombo, este encerrona de la que no sé como podrán salir. Acá los “factores económicos” no están ubicables en la sede de la UIA, digamos. Dado ese marco, la forma política del uribismo aparece como el pacto posible, como la costura política entre narcotráfico y sociedad.
PD: Tomás escribí más, por favor.
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