“Que nuestra democracia mejore el rumbo: pero que no abandone el rumbo”
Las palabras que titulan este texto son del presidente colombiano Álvaro Uribe, luego de que la justicia de ese país cerrara la posibilidad de que se convoque a un referendo para modificar la Constitución, a los efectos de permitir la segunda reelección del mandatario en las elecciones presidenciales del próximo 30 de mayo. La Corte de ese país declaró “inexequible en su totalidad la ley 13-54 de 2009″, luego de encontrar “fallas procedimentales y violaciones a la Constitución en el trámite que la iniciativa surtió en el legislativo”
Así las cosas, la falta de un referente claro para el uribismo abre la posibilidad de una campaña presidencial menos previsible que la anterior, donde Uribe resultara reelecto, en 2006, con el 62% de los votos en primera vuelta. Los primeros en la línea sucesora del uribismo comenzaron a ponerse el traje de candidatos, y la única realidad para las próximas elecciones, es la dispersión.
La mayoría de los analistas coinciden en que la popularidad de Álvaro Uribe se construyó en base a su política de seguridad democrática para el control del problema de la guerrilla, y así lo entiende el propio presidente. En respuesta al fallo de la Corte que impide su reelección, y dejando bien claro que se acataría lo expuesto por la justicia, Álvaro Uribe construyó el dique de su propia sucesión:
“Que nuestra democracia mejore el rumbo: pero que no abandone el rumbo (…) Es un derecho de las nuevas generaciones, un derecho para la prosperidad de la patria, que se mantenga el rumbo en la firmeza de las políticas de seguridad”.
Uribe logró en estos ocho años dar una respuesta desde el Estado, desde la cara menos amable del Estado: su faz represiva (como dice este gran texto de Luciano), al problema nacional de las FARC, con un plan blanqueado hacia la sociedad civil, y muchas veces haciendo malabares ante sus propios excesos y la necesidad de sostener el marco democrático. Así, el documento “Política de Defensa y Seguridad Democrática” de la Presidencia de Colombia, establece sus principios:
“No hay contradicción entre seguridad y democracia. Por el contrario, la seguridad garantiza el espacio de discrepancia, que es el oxígeno de toda democracia, para que disentir no signifique exponer la seguridad personal. Pero hay que trazar una línea nítida entre el derecho a disentir y la conducta criminal. Sólo cuando el Estado castiga implacablemente el crimen y combate la impunidad hay plenas garantías para ejercer la oposición y la crítica. La antípoda de la política democrática es el terrorismo, que pretende imponer por la violencia su voluntad sobre los otros, al costo de la vida de miles de civiles.”
El uribismo más crudo se plantea: no hay política democrática si hay terrorismo, construyamos un orden sin terrorismo para poder empezar a hacer política. Más allá de hablar de quien será el candidato de Uribe, (lo cual se puede ir chequeando acá y acá) posiblemente el que tenga mayores posibilidades de llegar a una segunda vuelta, lo importante es notar la importancia de un liderazgo que permita construir, al menos, el rumbo de la propia sucesión. Colombia es, quizás, un caso especial, puesto que lo que Uribe plantea es no desarmar el marco mismo de la política, la lucha contra el terrorismo interno; es decir, una política pública anterior al grado cero del Estado (nada más y nada menos weberiano, que el monopolio de la violencia). O, por qué no, la construcción misma del Estado, su mantenimiento.
Por eso este llamado de Uribe a mantener el rumbo, aún mejorándolo, es también un llamado de atención a los demás gobiernos de Latinoamérica, en los cuales el control de la violencia dentro del territorio no es, por suerte, un problema nacional. Sin embargo, es el caso colombiano, al cual los gobiernos “populistas” o de “centroizquierda” de América Latina siempre tuvieron como necesaria contraparte ideológica de la región (a veces, hasta el absurdo), el que permite pensar eventualmente de qué manera los gobiernos que no puedan ser reelegidos -por límites constitucionales o pérdida de legitimidad -tienen la obligación y la ardua tarea política de intentar mantener el rumbo básico de sus transformaciones centrales. Si esas transformaciones se pierden en una línea de sucesión por el cambio del color ideológico, entonces su base de sustento era tan débil como una figura. Habrá que ver quien es más efectivo, políticamente, en ese desafío. Lula, por su parte, parece haberlo entendido: “Elegir a Dilma para mi es una de las cosas más importantes de mi gobierno. Porque yo creo que un buen gobierno es aquel que deje a un sucesor para dar continuidad a las cosas buenas que se están sucediendo en este país.”
Queda por pensar si será casual que sea, justamente, el tema de la seguridad democrática, aquello que Uribe tiene como bandera para plantear el desafío de la sucesión. Tal vez ha llegado el momento de que los gobiernos progresistas de la región tengan que animarse a dar las disputas por esas banderas.

Buenas,
Hice un par de comentarios al post de Luciano en su momento.
Creo que a partir de ahora se verán las limitaciones de la política de mano dura que Uribe implementó:
- La desmovilización de paracos se congeló, y en algunas regiones siguen teniendo miles de miembros activos.
- Los asesinatos de sindicalistas no han disminuido. Sigue habiendo casi un sindicalista asesinado cada 2 días.
Eso no significa que todas las acciones de Uribe para parar a la guerrilla hayan sido negativas o impopulares. Él supo aprovechar el hastío de la sociedad ante la violencia guerrillera, violencia real que jode a la gente común y que los sectores privilegiados aprovechan para deslegitimar otros reclamos dentro de la ley (ver tema asesinato de sindicalistas y trabajadores comunitarios).
Dicho de otra manera, la política de seguridad democrática es un reclamo de toda la sociedad, harta de los secuestros de la guerrilla y de la criminalidad asociada, y Uribe pudo llevarla adelante pero sin desactivas muchas de las causas que dan vida a esa guerrilla (falta de canales de reclamo o de inserción social).
De hecho, el gran desafío por venir es cómo manejar todos esos temas pendientes una vez que la guerrilla quede desactivada en la práctica. Creo que ni Uribe ni la oposición tienen idea, porque de tenerla hubiesen facilitado la aceleración de las liberaciones de secuestrados para pasar a la etapa siguiente, para la cual sospecho que no tienen respuestas.
Saludos,
Andrés
Un gran texto, Tomás. Y el tema de la ingeniería que se necesita para la construcción de una sucesión que sostenga los avances materiales que deja un gobierno, es tan o más importante que la gestión misma. Creo que eso siempre estuvo en la cabeza de Uribe y Lula (uno de derecha y uno de izquierda). No se si tanto en las de Néstor y Cristina.
Un Abrazo
Una vez escuché a alguien decir: frente a un conflicto político, social o económico de magnitud el que tiene agenda gana. Entendiendo que tener agenda es mucho más que tener una serie de papers con el título “Plan X”; incluye al carisma, a la construcción, etc., pero sin agenda, sin política para ello, es imposible. Me quedo con el útlimo párrafo de Tomás: si tengo que hacer un viaje lineal, de trazo grueso y vertiginoso a la argentina, diría que De Narvaez y Macri han ganado porque reconocieron a la inseguridad como un problema popular (más allá del corte de clases) y porque hicieron política -sólo con palabras por ahora, específicamente el colorado- de eso. No ocupar ese lugar, como cualquier lugar vacío en política, es un problema porque otro lo hará.
Muy bueno Tomás
Abrazo
Yendome un toque del post: estuve un par de veces en Colombia por unos días. Uribe creó una “convertibilidad” como Menem acá. Pero si en Argentina fue económica, ligada a la inflación cero y el acceso a productos, etc, allá es a partir de “poder caminar por la calle” y “poder ir a la finca sin que te secuestren en la carretera”…y así. Uribe va a dejar una huella profundísima. Otra anotación al margen que me impresionó las dos veces: Colombia es un país en guerra, con todas las señales del caso (militarización, paranoia, muertos diarios, etc) pero aún así pujante. es un país de la concha de la lora, dónde además el narcotráfico funciona como un gran prestamista de muchos sectores. Pueblos pequeños, alejados de la capital, entre montañas, con destino de miseria, tienen su economía, su sistema. Directa o indirectamente relacionado con ese negocio ilegal de la merca, pero que riega muchos circuítos. La guerra termina de dinamizar eso. Uribe lo ordenó todo, al darle consenso. Que vendrá después…?
Andrés: obviamente que esto no es un elogio a la totalidad de la política de seguridad democrática. Tiene sus claroscuros que son innegables. En ese sentido, quizás soy un poco más condescendiente con un país donde está en disputa el grado cero de la política, la constitución de su Estado. Pero es evidente que todavía queda mucho por hacer, y es ahí donde importa el debate por la continuidad de algunas políticas claves.
Luciano: tal vez es posible empezar a pensar una categoría que divida a los gobiernos en aquellos capaces de enmarcar (aunque imposible de dirigir) su propia sucesión de aquellos que no lo logran. Lo logró Tabaré, no pudo la Concertación y posiblemente lo hagan Lula y Uribe. Veremos, pero está más difícil para Cristina y Chávez.
Memo: me quedo con que el vacío no existe. Lo que no problematices vos, lo hará otro. Para las cosas que no tenés discuros, alguien lo va a tener, siempre.
Fede: es cierto que Uribe va a dejar una huella profundísima, pero en especial por el hecho de que puede “elegir” -eventualmente, tampoco nada es seguro- su sucesión. E incluso aunque no pudiera, sería bastante complicado que alguien venga a desarticular las políticas de seguridad. O sea, institucionalizó un derecho, algo que tal vez tengamos que discutir más acá.