“Elegir a Dilma para mi es una de las cosas más importantes de mi gobierno. Porque yo creo que un buen gobierno es aquel que deje a un sucesor para dar continuidad a las cosas buenas que se están sucediendo en este país.” Eso dijo Lula el 20 de febrero en el cierre del IV Congreso del Partido de los Trabajadores. ¿Cómo resuena la frase en la crisis del gobierno kirchnerista? ¿Un gobierno al que cada vez le preocupa menos su futuro político, es un buen gobierno? La corroboración de la existencia de un “proyecto”, ¿no debería ser ante todo su intención de proyectarse en el tiempo?
El Congreso del Partido de los Trabajadores expuso con fuerza una verdad que muchos daban por perimida: un gobierno que quiere transformar la sociedad, así sea módicamente, debe construir celosamente su andamiaje político. La idea chachoalvarezca de que cinco minutos de televisión valen más que…lo que sea, fue y es aplicable a otras situaciones. Para gobiernos que tienen una agenda poco o nada conflictiva respecto a los intereses establecidos, por ejemplo. O para el momento de las elecciones, dónde la tracción producida por los mensajes audiovisuales difícilmente puedan ser compensados por la laboriosidad de un comité o una cuadrilla de compañeros. Ah, pero la política es más que eso.
Los primeros dos congresos del PT habían sido en 1991 y 1999. Con ocho años de separación. Pero el tercero y cuarto fueron sugestivamente en septiembre de 2007 y ahora, en febrero de 2010. Menos de dos años y medio de diferencia, y ambos en momentos políticos clave. El del 2007 fue el inicio del resurgimiento del partido (y del propio gobierno, que de a poco se levantaba de su crisis por los escándalos de corrupción). La decisión de Lula fue apoyarse y al mismo tiempo impulsar a su fuerza política. En ese tercer congreso, mucho menos exitista que el de este año, Lula pedía:
“Nadie puede tener vergüenza de defender a un compañero, ningún petista debe tener vergüenza de pertenecer a este partido“. Había que remontar la cuesta, y había que remontarla junto al PT. Lo interesante es el camino de doble vía. Porque esa militancia -y la gerencia petista: gobernadores, diputados, senadores, alcaldes, ministros, etc.- sintetizó su línea política adaptándola a los logros y objetivos del propio gobierno. Así, definió al “socialismo” como la “convivencia armónica entre crecimiento y distribución de la renta”. Una fórmula de mal gusto, si se quiere, tramposa, pero inequívocamente puesta al servicio del proyecto político general. Una negociación, dónde Lula permite que se siga hablando de socialismo y la fuerza hace suya la necesidad gubernamental del “crecimiento”. La jerarquía está clara, es Lula el que tiene el caudal electoral y, el que ahora, tiene la tarea de pasarle votos a Dilma. Pero Lula no se “lulizó” como esperaban muchos, no buscó despegarse de su origen partidario para fundar una religión personal. El proyecto siguió siendo la construcción de una hegemonía política gradual del PT en un mapa político que históricamente tendió a la fragmentación. En el marco del posible fin del kirchnerismo, se pueden sacar algunas enseñanzas de esto. Desde el 2003, la elección recurrente de Néstor fue mantenerse como un gobierno sin partido. Convertirse en el presidente del PJ no alteró esa realidad. ¿Por qué? Porque la transversalidad como la pejotización fueron caras de una misma moneda: dos maneras de preservar una independencia tan cuestionable como la del BCRA, la del gobierno respecto a su base de sustentación.
Si bien Lula tiene a un partido que construyó él mismo los últimos 20 años, y eso es algo que está años luz de la situación con la que se inició el kirchnerismo, también es cierto que el PT no es el partido hegemónico en Brasil. Ni mucho menos. Aún en estos últimos años de repunte, el PT pasó de gobernar 389 ciudades tener el control en 537. Un crecimiento exponencial. Pero el PMDB, su coequiper y chaleco de fuerza a la vez, gobierna ¡1180 ciudades! Por no hablar de los escasos 5 gobernadores nordestinos en un enjambre opositor, ni del complicado escenario de alianzas en las cámaras legislativas. Así y todo, Lula visualiza la necesidad de respaldarse en el partido, de alimentarlo, de contenerlo, de buscar ahí su candidato. Y no estamos hablando de ejemplos mucho más alejados al nuestro, como el caso chileno con su sistema casi europeo de centroizquierda y centroderecha, si no de un país dónde al igual que Argentina, el peso de los liderazgos personales opaca frecuentemente el protagonismo de las fuerzas políticas.
El esquema de poder kirchnerista comparte con el brasilero la tendencia a autonomizar las decisiones del ejecutivo de otras instancias políticas. Algo común en estos tiempos. Pero Lula puede (y, justamente, es lo que hace) ir y volver, crear dinámicas de representación, de alejamiento y reconciliación con su estructura. Néstor y Cristina -¿me olvido de alguien?- giraron siempre como un trompo sobre sí mismos. Mientras el impulso inicial creó la energía suficiente, la ausencia de una fuerza política podía ser rechazada con el axioma del Chacho. Cuando las papas empezaron a quemar…
“Elegir a Dilma para mi es una de las cosas más importantes de mi gobierno. Porque yo creo que un buen gobierno es aquel que deje a un sucesor para dar continuidad a las cosas buenas que se estan sucediendo en este país.” Eso dijo Lula el 20 de febrero en el cierre del IV Congreso del Partido de los Trabajadores. ¿Cómo resuena la frase en la crisis del gobierno kirchnerista? ¿Un gobierno al que cada vez le preocupa menos su futuro político, es un buen gobierno? La corroboración de la existencia de un “proyecto”, ¿no debería ser ante todo su intención de proyectarse en el tiempo?
El Congreso del Partido de los Trabajadores expuso con fuerza una verdad que muchos daban por perimida: un gobierno que quiere transformar la sociedad, así sea módicamente, debe construir celosamente su andamiaje político. La idea chachoalvarezca de que cinco minutos de televisión valen más que…lo que sea, fue y es aplicable a otras situaciones. Para gobiernos que tienen una agenda poco o nada conflictiva respecto a los intereses establecidos, por ejemplo. O para el momento de las elecciones, dónde la tracción producida por los mensajes audiovisuales difícilmente puedan ser compensados por la laboriosidad de un comité o una cuadrilla de compañeros. Ah, pero la política es más que eso.
Los primeros dos congresos del PT habían sido en 1991 y 1999. Con ocho años de separación. Pero el tercero y cuarto fueron sugestivamente en septiembre de 2007 y ahora, en febrero de 2010. Menos de dos años y medio de diferencia, y ambos en momentos políticos clave. El del 2007 fue el inicio del resurgimiento del partido (y del propio gobierno, que de a poco se levantaba de su crisis por los escándalos de corrupción). La decisión de Lula fue apoyarse y al mismo tiempo impulsar a su fuerza política. En ese tercer congreso, mucho menos exitista que el de este año, Lula pedía:
“Nadie puede tener vergüenza de defender a un compañero, ningún petista debe tener vergüenza de pertenecer a este partido”. Había que remontar la cuesta, y había que remontarla junto al PT. Lo interesante es el camino de doble vía. Porque esa militancia -y la gerencia petista: gobernadores, diputados, senadores, alcaldes, ministros, etc- sintetizó su línea política adaptándola a los logros y objetivos del propio gobierno. Así, definió al “socialismo” como la “convivencia armónica entre crecimiento y distribución de la renta”. Una fórmula de mal gusto, si se quiere, tramposa, pero inequívocamente puesta al servicio del proyecto político general. Una negociación, dónde Lula permite que se siga hablando de socialismo y la fuerza hace suya la necesidad gubernamental del “crecimiento”. La jerarquía está clara, es Lula el que tiene el caudal electoral y, el que ahora, tiene la tarea de pasarle votos a Dilma. Pero Lula no se “lulizó” como esperaban muchos, no buscó despegarse de su origen partidario para fundar una religión personal. El proyecto siguió siendo la construcción de una hegemonía política gradual del PT en un mapa político que históricamente tendió a la fragmentación. En el marco del posible fin del kirchnerismo, se pueden sacar algunas enseñanzas de esto. Desde el 2003, la elección recurrente de Néstor fue mantenerse como un gobierno sin partido. Convertirse en el presidente del PJ no alteró esa realidad. ¿Por qué? Porque la transversaliad como la pejotización fueron caras de una misma moneda: dos maneras de preservar una independencia tan cuestionable como la del BCRA, la del gobierno respecto a su base de sustentación.
Si bien Lula tiene a un partido que construyó él mismo los últimos 20 años, y eso es algo que se encuentra años luz de la situación en que se econtró el kirchnerismo, también es cierto que el PT no es el partido hegemónico en Brasil. Ni mucho menos. Aún en estos últimos años de repunte, el PT pasó de gobernar 389 ciudades tener el control en 537. Un crecimiento exponencial. Pero el PMDB, su coequiper y chaleco de fuerza a la vez, gobierna ¡1180 ciudades! Por no hablar de los escasos 5 gobernadores nordestinos en un enjambre opositor, ni del complicado escenario de alianzas en las cámaras legislativas. Así y todo, Lula visualiza la necesidad de respaldarse en el partido, de alimentarlo, de contenerlo, de buscar ahí su candidato. Y no estamos hablando de ejemplos mucho más alejados al nuestro, como el caso chileno con su sistema casi europeo de centroizquierda y centroderecha, si no de un país dónde al igual que Argentina, el peso de los liderazgos personales opaca frecuentemente el protagonismo de las fuerzas políticas.
El esquema de poder kirchnerista comparte con el brasilero la tendencia a autonomizar las decisiones del ejecutivo de otras instancias políticas. Algo común en estos tiempos. Pero Lula puede (y, justamente, es lo que hace) ir y volver, crear dinámicas de representación, de alejamiento y reconciliación con su estructura. Néstor y Cristina -¿me olvido de alguien?- giraron siempre como un trombo sobre sí mismos. Mientras el impulso inicial creó la energía suficiente, la ausencia de una fuerza política podía ser rechazada con el axioma del Chacho. Cuando las papas empezaron a quemar..
“Elegir a Dilma para mi es una de las cosas más importantes de mi gobierno. Porque yo creo que un buen gobierno es aquel que deje a un sucesor para dar continuidad a las cosas buenas que se estan sucediendo en este país.” Eso dijo Lula el 20 de febrero en el cierre del IV Congreso del Partido de los Trabajadores. ¿Cómo resuena la frase en la crisis del gobierno kirchnerista? ¿Un gobierno al que cada vez le preocupa menos su futuro político, es un buen gobierno? La corroboración de la existencia de un “proyecto”, ¿no debería ser ante todo su intención de proyectarse en el tiempo?
El Congreso del Partido de los Trabajadores expuso con fuerza una verdad que muchos daban por perimida: un gobierno que quiere transformar la sociedad, así sea módicamente, debe construir celosamente su andamiaje político. La idea chachoalvarezca de que cinco minutos de televisión valen más que…lo que sea, fue y es aplicable a otras situaciones. Para gobiernos que tienen una agenda poco o nada conflictiva respecto a los intereses establecidos, por ejemplo. O para el momento de las elecciones, dónde la tracción producida por los mensajes audiovisuales difícilmente puedan ser compensados por la laboriosidad de un comité o una cuadrilla de compañeros. Ah, pero la política es más que eso.
Los primeros dos congresos del PT habían sido en 1991 y 1999. Con ocho años de separación. Pero el tercero y cuarto fueron sugestivamente en septiembre de 2007 y ahora, en febrero de 2010. Menos de dos años y medio de diferencia, y ambos en momentos políticos clave. El del 2007 fue el inicio del resurgimiento del partido (y del propio gobierno, que de a poco se levantaba de su crisis por los escándalos de corrupción). La decisión de Lula fue apoyarse y al mismo tiempo impulsar a su fuerza política. En ese tercer congreso, mucho menos exitista que el de este año, Lula pedía:
“Nadie puede tener vergüenza de defender a un compañero, ningún petista debe tener vergüenza de pertenecer a este partido”. Había que remontar la cuesta, y había que remontarla junto al PT. Lo interesante es el camino de doble vía. Porque esa militancia -y la gerencia petista: gobernadores, diputados, senadores, alcaldes, ministros, etc- sintetizó su línea política adaptándola a los logros y objetivos del propio gobierno. Así, definió al “socialismo” como la “convivencia armónica entre crecimiento y distribución de la renta”. Una fórmula de mal gusto, si se quiere, tramposa, pero inequívocamente puesta al servicio del proyecto político general. Una negociación, dónde Lula permite que se siga hablando de socialismo y la fuerza hace suya la necesidad gubernamental del “crecimiento”. La jerarquía está clara, es Lula el que tiene el caudal electoral y, el que ahora, tiene la tarea de pasarle votos a Dilma. Pero Lula no se “lulizó” como esperaban muchos, no buscó despegarse de su origen partidario para fundar una religión personal. El proyecto siguió siendo la construcción de una hegemonía política gradual del PT en un mapa político que históricamente tendió a la fragmentación. En el marco del posible fin del kirchnerismo, se pueden sacar algunas enseñanzas de esto. Desde el 2003, la elección recurrente de Néstor fue mantenerse como un gobierno sin partido. Convertirse en el presidente del PJ no alteró esa realidad. ¿Por qué? Porque la transversaliad como la pejotización fueron caras de una misma moneda: dos maneras de preservar una independencia tan cuestionable como la del BCRA, la del gobierno respecto a su base de sustentación.
Si bien Lula tiene a un partido que construyó él mismo los últimos 20 años, y eso es algo que se encuentra años luz de la situación en que se econtró el kirchnerismo, también es cierto que el PT no es el partido hegemónico en Brasil. Ni mucho menos. Aún en estos últimos años de repunte, el PT pasó de gobernar 389 ciudades tener el control en 537. Un crecimiento exponencial. Pero el PMDB, su coequiper y chaleco de fuerza a la vez, gobierna ¡1180 ciudades! Por no hablar de los escasos 5 gobernadores nordestinos en un enjambre opositor, ni del complicado escenario de alianzas en las cámaras legislativas. Así y todo, Lula visualiza la necesidad de respaldarse en el partido, de alimentarlo, de contenerlo, de buscar ahí su candidato. Y no estamos hablando de ejemplos mucho más alejados al nuestro, como el caso chileno con su sistema casi europeo de centroizquierda y centroderecha, si no de un país dónde al igual que Argentina, el peso de los liderazgos personales opaca frecuentemente el protagonismo de las fuerzas políticas.
El esquema de poder kirchnerista comparte con el brasilero la tendencia a autonomizar las decisiones del ejecutivo de otras instancias políticas. Algo común en estos tiempos. Pero Lula puede (y, justamente, es lo que hace) ir y volver, crear dinámicas de representación, de alejamiento y reconciliación con su estructura. Néstor y Cristina -¿me olvido de alguien?- giraron siempre como un trombo sobre sí mismos. Mientras el impulso inicial creó la energía suficiente, la ausencia de una fuerza política podía ser rechazada con el axioma del Chacho. Cuando las papas empezaron a quemar…
Muy bueno che.