Haití, o hasta dónde dan las fuerzas
Haití es una shoá latinaomericana. 250.000 muertos, o más. Entre el 2 y el 3% de la población total del país. La palabra shoá viene bien. En su origen remite a un desastre natural, una catástrofe. Al ser una palabra hebrea, está indisolublemente unida a la aniquilación nazi de judíos en la Segunda Guerra Mundial, lo que en definitiva le terminó dando el carácter de acontecimiento “humano” más allá de su etimología que daba cuenta de hechos como terremotos, incendios y demás cataclismos de la naturaleza. Haití tiene los dos componentes de la Shoá. Las placas tectónicas jugando en un terreno baldío construido por el despojo de las potencias mundiales y la incapacidad de su dirigencia local. Es notable como en la misma proporción en que se acumulan las crónicas periodísticas que resaltan desgarradoras “historias de vida” de la población deambulante, brillan por su ausencia referencias -así sea mínimas- a las causas que provocaron esta situación.
Haití simula recorrer la historia de cualquier país de la región, aunque lo hace de una forma mil veces más brutal: hasta su independencia fue la joya francesa en este hemisferio, y era la principal productora y exportadora de azúcar en el mundo hasta finales del siglo XVIII. El colonialismo francés fue particularmente bestial e instauró un régimen esclavista de proporciones únicas: el 95% de la población haitiana es descendiente de personas traídas del África subsahariana para trabajar en las plantaciones.
A pesar de tener en su haber ser la única sociedad en el mundo que realizó una revolución anti esclavista existosa por sus propios medios, Haití no pudo ni puede controlar su territorio, aún menos su economía. Cuando parecía que la obra de la independencia política iba a ser continuada por reformas económicas y políticas nacionalistas, llegó la invasión norteamericana de 1915. El Banco Nacional de Haití fue comprado (¡?) por el City Bank y sus fondos redireccionados a Nueva York. Algo así como el sueño afiebrado de un Martín Redrado, multiplicado ad infinitum.
La historia posterior está llena de sucesos desgraciados, golpes de Estado, nuevas intervenciones norteamericanas que abortaron otros momentos de posible redención nacional (como el derrocamiento de Aristide en 1991, cuando éste se disponía a imponer algunas reformas democráticas después de la larguísima noche de la dictadura familiar de Papa Doc Duvalier y su hijo, Baby Doc.) y más miseria.
Para resaltar una saga particularmente ignominiosa: en los años 70, Haití se autoabastecía en algunos productos alimenticios, especialmente el arroz. En 1986, cuando se terminaba la dictadura, el gobierno canjeó una ayuda financiera por la apertura del comercio de arroz con EEUU. En poco tiempo la caída de la producción local superó el 50%. Pero en 1994, destitución y restitución de Aristide mediante, hubo una baja arancelaria casi total: el arroz norteamericano pasí a pagar sólo un 3% al entrar a Haití. De la autosuficiencia alimentaria se pasó -en menos de dos décadas- a comprar el 75% de la producción provocando un colapso de los habitantes del campo ligados a ese cultivo y un déficit comercial insostenible. Al contarle esto a unos amigos uno dijo: “Eso es como robarle las monedas a un mendigo. Pura crueldad.”
La lista es interminable y para muestra alcanza con un botón.
Hoy, terremoto y después, el camino es una profundización de este escenario: Estados Unidos desembarca con sus primeros 10.000 marines y controla de facto el territorio.
¿Y Latinoamérica? ¿El ALBA, MERCOSUR, UNASUR?
Haití muestra hasta qué punto la construcción de un poder regional autónomo es todavía un proyecto nonato. Los países latinoamericanos, incluso los más poderosos, deben limitar su accionar al envío de ayuda como si fueran una ONG, sin poder controlar en lo más mínimo los acontecimientos, ni menos el derrotero político que de aquí en más tenga Haití.
Las mismas declaraciones de Celso Amorim, canciller brasileño dan cuenta de esto: “Haití no es Afganistán, y tiene un gobierno electo. [...] Y precisa ser reconstruido con ayuda de la comunidad internacional”. O sea, munición gruesa contra las intenciones norteamericanas de centralizar militarmente la ayuda y el manejo de la tareas de reconstrucción.
Pero la realidad es que las palabras de Amorim están respaldadas por 900 militares brasileños (más 400 de reserva, anunciados). Las pretenciones imperiales, en 10.000 marines.
El freno del proyecto del Consejo Sudamericano de Defensa explica porque la única fuerza regional sigue siendo la de las FFAA de los EE.UU.
Los sellos latinoamericanos están totalmente desvalidos de fuerzas reales que les permitan actuar, lo que contrarresta con otros momentos no muy lejanos como la acción coordinada para impedir la desestabilización en Bolivia durante 2008.
Pero Haití parece marcar una frontera: el poder de incidencia de Brasil junto al resto de los gobiernos comprometidos con una nueva política regional tiene un límite en el Caribe.
El intento precedente había sido la jugada audaz de Brasil durante el golpe de Estado en Honduras. Ahí también se vieron los límites para pensar en términos “latinoamericanos”. Si por cultura, historia e identidad, la conformación de un bloque político debería extenderse desde el norte de México hasta el sur de Argentina, la realidad de las fuerzas actuales lleva a pensar que el marco sudamericano es un desafío más acorde y aún así complejo.
La cercanía geográfica, el tramado de acuerdos comericales directos y una historia plagada de intervenciones militares durante el siglo XX hacen de Centroamérica una base de operaciones norteamericana dónde el incipiente poder de Brasil y la UNASUR no puede todavía competir.
El triunfo de Piñera contruye el corredor del pacífico (Chile, Perú, Colombia) y muestra que a los límites de la construcción sudamericana se le suman otras nuevas trabas en los próximos años. Parece que no queda otra que soñar con Latinoamérica pero pensar en Sudamérica.

“Pero la realidad es que las palabras de Amorim están respaldadas por 900 militares brasileños (más 400 de reserva, anunciados). Las pretenciones imperiales, en 10.000 marines.”
Pero claro.
Muy bueno.