Medios cansados – de Zulma Lobato a Richie Fort

2009 Diciembre 25

Termina un año más y seguimos acosados por la agobiante sensación de coitus interruptus, de modestas victorias de último momento, de perplejidad frente a la masiva estupidez.  Es que este fue un duro y movido año para nuestros países. Y en la Argentina pasaron tantas cosas que cuesta creer que CFK recién acaba de superar los poquitos días de la segunda mitad de su mandato. Es que el tiempo funciona de un modo extraño, y en contextos como estos, un mínimo error de cálculo dispara por los aires al más astuto y las dilaciones estratégicas se precipitan en segundos.  Este fue sin lugar a dudas, un año de fuertes disputas como decimos, pero más que nada ha sido el año de los medios de comunicación en la Argentina, y específicamente de su televisión. Atravesados por el cristal de la puja histórica entre el Gobierno y el mayor grupo multimediático, hemos visto todo tipo de parodias, pasos de comedia y actividades circenses sin precedente. La inigualable magia catódica entregó la victoria electoral a aquellos que supieron bailar con ritmo simpático y desenfrenado como para labrar su sueño entre marionetas que amalgamaron la realidad con la ficción.  Los festejos, también televisados, nos dejaron ver todo tipo de rarezas novedosas, como danzas en sillas de ruedas o multitudes hipnotizadas por un alicate.  Con el cuchillo entre los dientes, el gobierno respondió acelerando el proceso de democratización material de las licencias mediáticas y todo el progresismo montó su emotivo espectáculo épico frente al congreso.  Pero las banderas excitadas por la reivindicación tan esperada no fueron suficientemente numerosas como vencer en la puja por la atención de las personas.

En las pasadas elecciones del 28 de junio, Francisco De Narváez obtuvo 2.504.252 votos y Nestor Kirchner 2.325.076.  La final de Showmatch fue seguida casi por 4.000.000 de personas.  Es decir, que Tinelli no sólo fue más popular que los dos candidatos electorales más votados, sino que convocó frente a su programa prácticamente a la misma cantidad de gente que los principales candidatos en el eximio distrito electoral bonaerense. Podemos escupir al suelo de costado y fruncir el seño, hojear para consolarnos a Barthéz a Verón o a Ford, o inclusive ilusionarnos con que todo es un problema de oferta, y soñar con que una Ley y “la fuerza del pueblo organizado” modificarán las expectativas populares. Podemos hablar de manipulación, de concentración mediática, o podemos atragantarnos con cualquier otro de los elixires progresistas de moda.  Pero lo cierto es que más allá de las complejidades de las construcciones simbólicas y los procesos cognitivos de los pueblos, la persona más popular de la Argentina no es ningún político, sino un conductor de televisión, y el evento más esperado del país no es un proceso electoral, sino la final de Showmatch.

Hace algunos días ensayaba en mi blog un artículo en el cual, con cierto ánimo de provocación, comparaba a los multimillonarios mediáticos como Berlusconi con Simón Bolivar.  El objetivo de esa estratagema absurda, era el de intentar demostrar que existen ciertos condicionamientos de época que van corriendo aquello que entendemos por prestigio, convirtiendo al poder en algo relativamente flexible. Señalaba que el poder fisiocrático/nobiliario de la monarquía fue sustituido por un nuevo poder plutocrático que permitió a la burguesía conquistar hasta nuestros días las palabras y las cosas. Finalmente, valiéndome de la consabida lista de multimillonarios de Forbes, sugería que siguiéramos las carreras de los más ricos de la región para ver cuánto faltaba para verlos a todos ellos en los medios de comunicación.  Porque según mi interpretación, los medios de comunicación parecieran ser cada vez menos una herramienta, y más la propia sustancia del poder.

Lo que disparó mi curiosidad fue la emergencia de personajes novedosos en las pantallas porteñas.  De un lado el musculado multimillonario argentino Ricardo Fort. Un indigente para los muchachos de la lista Forbes, pero que con sus millones y su carisma ha eclipsado completamente el panorama mediático en los últimos meses.  En simultáneo, ubicada en el extremo opuesto del ring socioeconómico, apareció casi con la misma fuerza y grados de sobreexposición, la travesti bonaerense Zulma Lobato. Quien hizo su irrupción mediática mediante una denuncia de malos tratos de parte de la policía de la Provincia de Buenos Aires y terminó convirtiéndose en una integrante privilegiada de la fauna televisiva.  Lo sustancial aquí es que en un año en el cual se votó una Ley de medios que pretende ampliar la cantidad de oferentes de programación, la televisión se sintió lo suficientemente presionada como para ampliar su espectro de clase, del modo que mejor le sale, convirtiendo todo en un gran espectáculo. Demostrando elípticamente, que todos están incluidos en los medios.

El mercado de los medios

Para entender el mercado de los medios de comunicación lo primero que hay que hacer es deshacerse del vetusto manualcito goebbeliano de la propaganda y observar que los medios son un negocio en sí y no sólo una herramienta de las clases dominantes para llevar adelante algún plan.  Si miramos la lista de las personas y las compañías más ricas del planeta encontraremos que la mayor parte de ellas se dedican a las tecnologías de la información y los medios de comunicación (véase lista Forbes).  Lo segundo que vamos a notar, es que existe a nivel mundial una enorme concentración de medios en pocas manos.  En América Latina los grupos Globo, Televisa, Cisneros, Clarín y Caracol dominan el espectro radioeléctrico en cada uno de sus países.

Hace algunos meses en una reunión del PSUV en Caracas se comenzó a especular acerca de qué ocurriría si se estatizaran por completo los canales de TV.  El resultado sería que la gente seguiría concentrándose en torno a aquella programación que satisfaga una necesidad creada en parte desde adentro y parte desde fuera de los medios de comunicación.  Porque el problema no es sólo de oferta.  El gran problema es de demanda, como señalan casi todos los estudios empíricos contemporáneos en la materia. Porque no nos engañemos. ¿Creen realmente que el hecho de que las cooperativas y las universidades tengan su canal de TV va a cambiar sustancialmente las expectativas del público? Es que lo que importa para analizar no es únicamente lo que la gente puede expresar, sino lo que la gente quiere consumir. Y este es un complejo fenómeno que está entrecruzado por muchos aspectos que se sobrescriben.

En primer lugar, lo que tenemos que entender es que si la cuestión de los medios masivos tuviese que ver con la oferta simplemente, en Internet no existiría concentración, y esto está muy lejos de ser así en aquellos países en donde la penetración de la web es masiva y también donde no lo es tanto. Inclusive, una oferta consecuente con los valores impuestos en la sociedad de consumo, como el Discovery Channel u algún otro canal “cultural”, no gozaría de la audiencia que tienen los programas de chimentos.      En segundo lugar es importante señalar que existen procesos al interior de los medios que refuerzan la autorreferencialidad y el hiperrealismo.  La televisión en todo el mundo ocupa la mayor parte del aire hablando de sí misma, al punto de generar una realidad que excluye todo lo que está por fuera de ella. Las pantallas son cada vez más como espejos enfrentados que se reproducen hacia el infinito. En tercer lugar, entra la cuestión del establecimiento de la agenda pública, que está ligado a los dos puntos anteriores.   De una parte, los medios concentrados y autorreferenciales fijan temas en la agenda de los políticos y del público que cada día es menos autónomo en sus decisiones y en los temas que los conmueven. En consonancia con el posmoderno desencanto, el poder de los medios va mellandose paulatinamente en la medida en que las personas pueden acceder a mayores volúmenes de información, y las manipulaciones mediáticas se vuelven más grotescas y evidentes.  Sin embargo, hasta nuestros días, del mismo modo que supo suceder con la actividad política,  el paradigma de la agenda de los medios, no está siendo suplantado por uno nuevo.  No existe todavía un actor con la suficiente capacidad de aglutinar consensos simbólicos como han conseguido los medios en los últimos treinta años.

Mientras tanto, podemos seguir regodeándonos con la idea de que los medios mienten, y buscando ejemplos para intercambiar oropeles entre nosotros, como hacíamos en la década de los noventa respecto a la política.  Podemos leer a Rammonet, afilar nuestros bigotitos culturosos y señalar con el dedo la desigualdad que se replica en las pantallas.  Preguntarnos por qué Milagros Sala no tiene su espacio o en todo caso cuáles son las razones por las que nadie le presta atención.  Pero como hemos comprobado con la reaparición de la política en los últimos años, la única forma de cambiar la realidad es construyendo consensos.  Desde el punto de vista mediático tendremos mucho que aprender de las estructuras formales con las que funcionan los productos exitosos.  ¿Cómo sería el Tinelli de izquierda? ¿Lo nacional y popular es de izquierda? ¿Cuál es la cultura que reflejaremos en los nuevos medios?¿Qué podemos aprender de los genios del marketing televisivo?

Son temas sumamente complejos que seguramente seguiremos analizando en el futuro.  Saludos a todos y que terminen bien el año.

5 Comentarios deja otro →
  1. 2009 Diciembre 25
    jorge permalink

    pues no tarde demasiado en seguir desarollando el tema porque su esclarecimiento es la base del pais que vamos a tener dentro de pocos años.
    “observar que los medios son un negocio en sí y no sólo una herramienta de las clases dominantes para llevar adelante algún plan.” ????? lo dice en serio???

  2. 2009 Diciembre 26

    Jorge: Si, muy en serio. http://www.youtube.com/watch?v=VXa9tXcMhXQ

  3. 2009 Diciembre 26

    Muy bueno, muy bueno. Hace un tiempo, escuché una de las mejores opiniones sobre la ley de medios. Lanata dijo algo así: “es una buena, ley, yo la apoyo pero tiene un defecto importante: al ser una ley pensada desde la universidad tiene algo de irreal, confunde la democratización de las señales con la democratización de la audiencia, y en verdad son cosas totalmente distintas”.

    otra cosa: la famosa participación-no participación de Kirchner en Tinelli antes de la derrota. Fue como una metáfora del kirchnerismo: tensionar al máximo las reglas de juego vigentes, sin romper el molde. No dejó de estar, no jugó la carta “Binner”, digamos, que supongo no iría en pos del republicanismo, etc. Pero tampoco fue al canal, no quiso “tinellizarse” como lo hizo De Narváez. Quedó preso de una convicción equivocada: que desde un teléfono en Olivos podía dar vuelta un armado mediático construido para desarmar a la política.

    PD: Por favor, que lo del PSUV quede como debate teórico abstracto.

  4. 2009 Diciembre 28

    Viste algo de “Presidentes de Latinamerica” por Canal 7 o encuentro.
    Yo laburé ahí. Quedo piola y lo esta viendo mucha gente. No hay que hacer Tinelli para que vean la tele. Es un ida y vuelta.
    Abrazo y feliz año

    (el 1ero de enero a las 22 sale Chavez… imperdible)

  5. 2009 Diciembre 28

    Si Seba, me copa el programa. Está muy bien y creo que es super importante. Ahora, el rating promedio del mes de “Presidentes” es de 1.7, mientras que el de “Showmatch” es de 28.2. Canal 7 llega a todo el país en directo, mientras que el 13 lo hace por cable y repetidoras. O sea, hay una enorme desigualdad de audiencia, no sólo de distribución de señales. El gran problema es que las audiencias no se distribuyen con leyes, sino con creatividad, un poquito de perversión y guita. ¿Qué es lo qué la “gente” quiere ver? ¿Por qué? ¿Cómo cambiar esa relación?…Yo estoy releyendo las “36 Estrategias Chinas”, a Sun Tzu y acabo de terminar una Especialización en Gestión Periodística, sin embargo no encuentro a nadie que tenga alguna respuesta concreta a las preguntas. Por otro lado, la “gente del medio” dice siempre lo mismo, y los que tienen el secreto no te lo cuentan porque no hay que avivar giles…Tinelli es un grande, un prócer intocable, pero ¿Cuánto cuestan Julián Weich o Villarruel?

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