Nación, integración y cambio de época
América Latina experimenta – desde 1998, año en que Hugo Chávez accede a la Presidencia- un “nuevo ciclo político”. Las coincidencias políticas en lo que respecta a las orientaciones de la mayoría de sus Gobierno muestran una situación inusual para la historia del continente: más allá de ciertas instituciones sub-regionales que impulsaron entendimientos sobre aspectos específicos, como la Comunidad Andina, o proyectos políticos ambiciosos pero nunca ejecutados, como el ABC ideado por Perón – con el beneplácito de Vargas e Ibáñez-, entre otros ejemplos, el siglo XX latinoamericano transcurrió sin coincidencias amplias entre sus gobiernos, sus líderes e incluso fueron pocas las circunstancias históricas democráticas en las que similares ideas políticas y económicas permearon simultáneamente a sus sociedades. El inicio del siglo XXI muestra, en ese sentido, un escenario inédito que, sin estar completamente definido, señala un panorama interesante para lo que puede llegar a comprenderse como “integración latinoamericana”.
Estos Gobiernos, según los léxicos políticos y las tradiciones de cada país, comparten un mismo lugar en el juego de las identidades: se definen a partir de un “antineoliberalismo” declarado, esto es, a partir de un posicionamiento ideológico respecto de lo que implicó la geometría neoliberal de la interacción democracia/mercado/estado. Han sido eficaces en marcar este nuevo clivaje de ruptura: de un lado, estos Gobiernos, del otro, las oposiciones. Estas últimas se parecen bastante entre sí, lo que refuerza aún más los parecidos entre los Gobiernos. Tomando en cuenta algunas variables claves para cualquier fuerza política – distribución del voto/matriz ideológica- pueden observarse características similares en las “oposiciones latinoamericanas”: la mayoría de las mismas están dispersas, se localizan en determinadas regiones (Guayas, Ecuador; Oriente, Bolivia; Sudoeste, Brasil) o ciudades claves (Buenos Aires y Córdoba, Argentina; Maracaibo, Venezuela) y se organizan a partir de ciertas referencias dirigenciales provenientes del mundo empresarial (Macri y De Narváez, Argentina; Piñeira, Chile; Quiroga, Bolivia; Noboa, Ecuador; sin dejar de considerar que el fallido golpe de Estado en Venezuela en el 2002 colocó en la Presidencia precisamente al Presidente de Fedecámaras, Pedro Carmona).
El escenario se presenta medianamente claro: de un lado, los intereses sectoriales, corporativos, localistas y fragmentados de las oposiciones; del otro, una recuperación de las apelaciones a lo nacional por parte de los Gobiernos. Se trata, en un mismo movimiento, de una reivindicación de las potencialidades nacionales en tanto éstas puedan reencausarse a partir de una reparación de las secuelas sociales del neoliberalismo. Y es allí precisamente donde hace pie un renovado latinoamericanismo: los significados de una “Nación de Repúblicas”, la “Patria Grande” o “Nuestra América” – tal como fueron formuladas en el siglo XIX por Bolivar, San Martín o Martí, y que pasaron el siglo XX de manera tenue – vuelven a aparecer en la medida que se reactualiza, de manera insospechada y paralela, una perspectiva de lo nacional. Lo latinoamericano se inflaciona bajo un terreno nacional, preparado, en este caso, por dos décadas neoliberales que no hicieron más que empujar a las fuerzas políticas progresivas, aquellas que han asumido los Gobiernos, a componer una orientación programática en ese sentido – a lo que podría sumarse un antiimperialismo estructural condicionante de los momentos de emergencia de estos re-posicionamientos.
Si se evalúan los crecimientos comerciales intraregionales, las tasas de inversiones privadas entre los países considerados, la conformación de redes de cooperación productiva, las asistencias energéticas cruzadas, los convenios científicos entre Universidades, las solidaridades financieras contempladas, por ejemplo, en el Banco del Sur, etc., el panorama puede ser alentador. Desde un punto de vista instrumental, para cada país, estos intercambios no han hecho otra cosa que potenciar la búsqueda de soluciones para sus propios problemas. Incluso Brasil, cuya oposición interna insiste permanentemente en las desfavorables condiciones de renegociación de ciertos acuerdos con Bolivia o respecto de las cuotas fijas argentinas de trigo, ha sabido aprovechar la situación: en detrimento del ALBA y el MERCOSUR, la UNASUR ha logrado, bajo su liderazgo, imponer líneas estratégicas respecto de cuestiones de defensa y apertura con otros bloques regionales, compatibles con sus propias decisiones geopolíticas, en principio resistidas por el resto, lo que ha reposicionado a Brasil como un actor internacional de peso.
Podría decirse que América Latina – mejor dicho, los países de este “nuevo ciclo”- oscila entre una época de cambios o un cambio de época. En la medida en que estas tendencias continúen pueden esperarse condiciones aún más favorables respecto de ese tipo de integración y, transitivamente, de recuperación de cada una de las auto-imágenes nacionales. Y estas tendencias, por cómo fueron disponiéndose los diferentes escenarios políticos en los últimos años, de alguna manera, sólo podrían ser garantizadas y profundizadas por determinadas fuerzas políticas: no es lo mismo si el MAS no vence en las próximas elecciones, si Piñeira triunfa en Chile, o bien si el PSDB logra imponerse frente al PT el año que viene. Hay que tener en cuenta que las oposiciones han respondido muchas veces antidemocráticamente frente a las heterodoxias de estas salidas del neoliberalismo. Pero, a su vez, esos mismos rechazos han generado la empatía del bloque del “nuevo ciclo político”: por eso Lula se autoproclama “chavista”, Rafael Correa preside la delegación en Honduras, Bachelet organiza una reunión especial de Presidentes por las matanzas en Pando y Cristina Kirchner garantiza el viaje de los uruguayos – se especula que en su mayoría son votantes del Frente Amplio- y organiza el empadronamiento y la votación de los bolivianos residentes en la Argentina. Hay apoyos transversales, declaraciones conjuntas, protocolos institucionales que, interesados por mantener condiciones favorables para cada coyuntura nacional interna, en cantidad y sintonía, sobrepasan con creces otros momentos de la historia de América Latina. Hasta allí llega, por el momento, el actual proceso de “integración latinoamericano” – y las pasiones latinoamericanistas. De allí el interés, también, porque Ollanta Humala extienda a Perú estas posibilidades y que el sucesor de Uribe tenga una fuerza competitiva que se le enfrente en las próximas presidenciales. El panorama es, en definitiva, incierto; con el condimento de que tiene un costado que, para grandes conjuntos poblacionales que votan por estos Gobiernos, resulta auspicioso para un cambio de época.
(publicado originalmente bajo el título “América Latina: cambio de época” en www.diagonalperiodico.net)
