Con dos caipirinhas de más

2009 Noviembre 2

Lula_chavez_correa_morales_lugo_Claudius_diploBrasilSe dice mucho por ahí: Brasil es un gigante que se está despertando. O que ya se despertó. Que pasó de ser uno más de los tantos países tercermundistas con destino incierto a pertenecer al selecto club de los verdaderamente grandes. Ya nada parece imposible para nuestro gran hermano latinoamericano: incluso le otorgaron la sede de las olimpíadas. Quién hubiera pensado, justo en Río, la capital de la violencia y el narcotráfico. Pero no hay caso, Brasil es hoy por hoy, rubio y de ojos celestes.

Se dice. Y mucho es cierto. Lo que se dice menos o se oculta, es la vitalidad de un proceso político y social inédito que, en parte, explica el resto de los fenómenos que se llevan los carteles de neón en los grandes medios. Y es que Brasil no vive una casual sumatoria de eventos favorables. Tampoco, como muchos periodistas sostienen, se ha vuelto un ejemplo de república deliberativa dónde ordenadamente, el gobierno, la oposición y los distintos sectores sociales se dieron cuenta que la mejor forma de avanzar era con “políticas de estado”.

El nuevo nacionalismo brasileño.

En Brasil el debate político continúa su curso sinuoso y complejo como en el resto de los países de la región, la corrupción de funcionarios, el transfuguismo de diputados y senadores o la estigmatización de los movimientos populares siguen siendo moneda corriente. Las sed de venganza de la elite brasileña es facilmente rastreable en cualquier diario de la muy conservadora prensa carioca o paulista. Solamente miradas ombligistas pueden atribuir a escenarios particulares en tal o cual país, dinámicas de confrontación y debate que están presentes en toda la región y que se explican por el record de desigualdad y exclusión secular que reina en el continente.

Estos años de lulismo fueron un sendero que por algunos momentos se transformó en cornisa, pero que de un tiempo a esta parte se fue ensanchando hasta convertirse en una autopista de varios carriles. Ese camino, zigzagueante y contradictorio, puede resumirse en el surgimiento de un nuevo nacionalismo político y económico. La tradición brasileña -y más precisamente la del propio PT- ocultan un poco esta caracterización, sencillamente porque el término nacionalismo no es parte del repertorio lingüístico más simpático para un movimiento familiarizado con los slogans de la izquierda. Sin embargo la gestión de Lula y su discurso político actual, difícilmente sea traducible a nomenclaturas de izquierda -ya sea revolucionaria o reformista, etc- y se asienta mejor en el imaginario del clásico nacionalismo latinoamericano, que tantas páginas de la historia regional nos ha legado.

Básicamente, Lula ha tenido éxito en lograr dos preceptos fundamentales del nacionalismo criollo: desarrollo económico autónomo e inclusión social y política de los sectores populares. La matriz fundacional de los grandes proyectos políticos de las décadas del 30, 40 y 50 en latinoamérica tienen en común la idea de que sólo una nación que tome sus propias decisiones económicas puede plantearse un escenario de justicia social. Algo de esto está pasando hoy en Brasil. Podría argumentarse que en otros países de la región ocurren cuestiones similares, lo cual es cierto. Pero las particularidades de cada movimiento político, de cada gobierno, de cada historia nacional alteran un poco una generalización temprana. Bolivia, supongamos, vive un proceso que en muchos aspectos se le parece, pero el carácter de la llamada “emergencia indígena”, así como el punto cero del que parten en materia industrial y de infraestructura sugiere otra realidad que no encaja exactamente con un proyecto nacionalista. En Venezuela, dónde también es facilmente rastreable algunos de estos componentes nacionales, la crudeza del enfrentamiento social y político -que ha servido como combustible central del proceso de cambios- y la propia intención del gobierno bolivariano de ir “mas allá” del capitalismo -si bien con resultados muy vagos- y del marco nacional le dan un matiz distinto.

El gobierno de Lula se ha cuidado bastante en no inventar un discurso de barricada para sostener políticas sociales que son, con suerte,  una malla de contención del desastre neoliberal. La retórica del presidente es coherente con los dos pilares de su gestión: palabras recrean el orgullo de ser brasileño, de la dignidad nacional con relación a las grandes potencias y la valorización de los popular como componente central del nuevo Brasil. De esta manera, discurso y práctica se encuentran y permiten que el electorado haga una síntesis sencilla, comprensible, votable.

De patio trasero a living comedor.

Pero en verdad, el nuevo nacionalismo brasileño es un trípode: desarrollo económico autónomo, inclusión social y política regional. Una de las políticas más coherentes del gobierno de Lula, aún desde su comienzo en 2002 fue la de fijar un nuevo rumbo a la política regional. Si bien Intamaraty acumula años de paciente posicionamiento internacional, fue el gobierno de Lula el que le imprimió un sentido político y estratégico claro y definido a la política internacional: reemplazar a los Estados Unidos como interlocutor excluyente en América Latina. Pavada de objetivo.

Sobran los ejemplos brillantes (el papel asumido por Brasil en el golpe de Honduras) como opacos (el aumento sistemático en los últimos años del comercio entre Brasil y el resto de las economías de la región).

La lógica de este reacomodamiento geopolítico implica que la región deje en el baúl de la historia su triste papel como “patio trasero”. Aún con sus horribles acciones, para Estados Unidos América Latina nunca representó un objetivo central de su política exterior. La imagen de un fondo de casa al que de tanto en tanto es necesario darle una barridita, un desmalezamiento higiénico, se acerca mucho a la mirada distante e ingenuamente aleccionadora que las sucesivas administraciones tuvieron para estos territorios a lo largo del siglo XX. En cambio, para Brasil, no se trata sólo de ocupar ese lugar vacante: Brasil es al mismo tiempo parte de este espacio geográfico y sus chances de convertirse en un actor mundial de peso están ligadas al éxito que tenga para cohesionar al resto de los países de América del sur y del Caribe en un proyecto de integración. El actor central no mira más por la ventana de la cocina hacia un fondo difuso, dónde todo aparecía un poco borroso. Brasil es parte de la familia y, ahora, las discusiones y decisiones colectivas se trasladan la mesa del living. La gestión del Amazonas, liderada por Brasil, pero a la vez compartida entre 7 países de sudamérica, muestra de qué manera el cambio de liderazgo altera sustancialmente el paradigma latinoamericano.

8 Comentarios deja otro →
  1. 2009 Noviembre 2

    excelente panorama Sr. Vasquez
    El nuevo Raul Cardozo?
    l.

  2. 2009 Noviembre 2

    ¡Buenísimo Fede!

    Sobre todo, esto: “Tampoco, como muchos periodistas sostienen, se ha vuelto un ejemplo de república deliberativa dónde ordenadamente, el gobierno, la oposición y los distintos sectores sociales se dieron cuenta que la mejor forma de avanzar era con “políticas de estado”.”

    Que no nos afanen a Lula, y lo alfonsinen.

    Vamos para adelante con la página.

  3. 2009 Noviembre 3
    Don Carlos permalink

    o sea que tudo bom, tudo legal?

  4. 2009 Noviembre 4

    Buenísimo el artículo. Sólo una pequeña duda: cuando decís que nunca América Latina representó un objetivo central, y si uno contrasta eso con el apoyo y las conspiraciones de EEUU para derrocar gobiernos e instalar dictaduras largas y prolongadas, lo que queda es un típico saldo, que dice que mas o menos cuando fue necesario sí EEUU apuntó sus cañones. Yo creo que las virtudes y defectos de nuestros países decepcionan cualquier tipo de expectativa. Son gobiernos que asumen aspectos de las historias y retóricas antiimperialistas, son gobiernos con afanes soberanos, son gobiernos que aprovechan la multilateralidad comercial, son gobiernos con vocación regionalista, que han rechazado un poco los tratados de libre comercio (por lo menos como sistema general). Yo creo que somos unos vecinos de mierda, mañosos, y a los yanquis les da fiaca.

  5. 2009 Noviembre 4
    Federico Vázquez permalink

    jeje, lo de la fiaca está bueno. Yo haría esta diferencia entre ser un objetivo central y estar a merced de los cañonazos de tanto en tanto: Desde que las aspiraciones más audaces de los yanquis de “seguir la aventura del lejano oeste hacia el sur” se apagaron definitivamente, allá por fines del XIX, siempre pesó mucho más la táctica que a la estrategia. La pelea mundial tuvo otros escenarios, obviamente, y los avatares de la historia los llevaron a preocuparse más por las estepas rusas que por los andes. En ese sentido creo que hay algo paradógico: somos sociedades muy parecidas -y la velocidad de la integración de los “latinos” en eeuu creo que lo demuestra- en comparación con las otras regiones del mundo, y así y todo pareciera que el imperio no logra inventar una relación estable. En europa les mandaron un Plan Marshall y con eso les bastó para sumarlos casi en bloque a su estrategia global. Acá como decís, es mas dificil, más “mañosos”. El otro punto para pensar es la democracia. Paradógico también. En nuestras democracias, de tanto en tanto, surgen gobiernos populares con los que la democracia liberal y fierrera del norte no sabe bien que hacer. Es como estar en el purgatorio: no somos vietnamitas a los que se pueda bombardear indefinidamente, no somos europeos a los que se les respeta como parte de la civilización occidental y cristiana.
    Tomás: “alfonsinear”: les mandé un mail a la Real Academia a ver si lo incluyen en su lista de verbos.
    Don Carlos: Me hace el favor de cuando vaya a su cabaña en Buzios, entre en contacto con los empresario paulistas. El nacionalismo lulista bajó el empleo en negro, pero todavía dicen que está en el ¡52%!
    l.: se agradece

  6. 2009 Noviembre 16
    Martin Busignani permalink

    Muy bueno compañero, Martin

  7. 2009 Noviembre 16
    Leo Consolini - Ateneo Proyecto Nacional permalink

    Francamente, muy bueno y completo el análisis. La necesidad de observar de cerca y sin anteojeras nacionalistas el proceso Brasileño nos lleva a una esperanzadora conclusión: Es posible crear un polo de poder Sudamericano que limite y atempere la dependencia del sistema de poder mundial, y que, simultaneamente nos obligue a posicionarnos sobre nosotros mismos y en funcion de nuestros propios intereses. Como miembro del espacio Ateneo Proyecto Nacional, en el cual estas temáticas son aboradadas con especial interes me parece estimulante encontrar que, en otras latitudes de la Patria, haya Compañeros que procesan las mismas inquietudes.

    Un afectuoso saludo

    Leo Consolini

  8. 2009 Noviembre 17
    Fede Vázquez permalink

    Martín, leo, chás gracias. saludos al Ateneo.

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